Blog Dejando Huella

“Nicolás”
Como cada día Nicolás se levantó temprano de la cama, sin ganas y totalmente resignado a irse al colegio. Camino al colegio Nicolás y vio una manta muy grande que colgaba de un edificio, estaba llena de colores y con letras muy llamativas, invitaba a algunas instituciones a asistir a una exposición de las obras más importantes de Frida Kahlo; esto le causó una gran curiosidad pero continuó su camino.
Casi terminaban las clases y el pequeño no conseguía concentrarse en otra cosa que no fuera esa exposición; pensaba en el increíble don que Frida debió haber tenido para que ahora sus obras fueran tan especiales y sobre todo tan costosas. En eso estaba cuando el director del colegio entró en su salón, interrumpiendo la clase para dar un aviso.
El colegio haría una visita a la exposición de Frida Kahlo en el museo de la ciudad. Nicolás no podía contener la emoción, casi no lo podía creer; apenas hacía unas cuantas horas se preguntaba cómo lograría que le permitieran pasar a tan importante evento.
El director, después de una pausa dijo que, debido a lo costoso de las pinturas y a la invitación que sólo se había hecho a algunos colegios, no llevarían a todos. En ese momento Nicolás vio reducidas sus posibilidades de asistir, ya que no era precisamente un niño tranquilo y en varias ocasiones se había visto envuelto en problemas por su rebeldía. El director concluyó diciendo que, únicamente asistirían los de mejor comportamiento. Esto fue lo peor que nuestro amigo Nico pudo escuchar, —¡los de mejor “comportamiento”!— era ya casi un hecho que él no asistiría.
La visita sería en dos semanas y una semana más tarde, en el periódico mural saldría la lista de aquellos niños que habían sido elegidos para la visita al museo.
Para Nicolás una semana no era tiempo suficiente para enmendar todas las travesuras que había hecho a lo largo del año escolar; ni siquiera las de ¡un día!. El pobre estaba desesperado y tenía muchas más ganas de ir que cualquier otra persona, ¡en fin!, esa semana debía portarse exageradamente bien si en realidad quería ir.
Sábado y Domingo Nico estuvo practicando buenos modales, su puntualidad, responsabilidad y aunque le resultaba bastante complicado, estaba esforzándose lo más que podía. El fin de semana había sido muy pesado para él y sumamente extraño para sus papás, ya que en dos días había hecho todo y aún más de lo que se le pedía.
Llegó el primer día de la semana para asistir a clases y Nico, para sorpresa de sus maestros y compañeros, fue de los primeros en llegar. Bañado, arreglado y perfumado, cosa que ¡nunca había pasado!. En el transcurso del día el pequeño entregó tareas, participó en clase, no peleó con nadie, tomó apuntes, todo… todo lo que nunca hacía. Su maestra estaba impresionada y no dudó en detenerlo a la salida de clases para hablar con él.
Apenas se habían retirado los demás niños, la maestra le preguntó a Nico que, qué era lo que ahora estaba tramando, ya que ella al igual que los demás, sólo podían pensar en lo grande que el “chiquillo” haría la travesura esta vez. Pero, una vez más la sorprendió con la sinceridad de su respuesta; le explicó del día en que vio la manta, que el director pasó a los grupos a dar el aviso y de lo mucho que él ansiaba ir. Entonces sin más que decir, la maestra sonrió y dejó ir al niño.
Llegó el Jueves y Nicolás se había portado muy bien pero, en su grupo había un niño llamado José que no estaba muy de acuerdo con el cambio de su compañero y que toda la semana había estado pensando en cómo evitar que Nicolás fuera a la exposición. Ese día en el descanso, José entró en su salón cuando nadie lo veía y con un bote de pintura en aerosol, comenzó a pintar el escritorio, la silla, el pizarrón y todo aquello que la maestra utilizaba para dar clase; después buscó la mochila de Nicolás y puso dentro el bote casi vacío de pintura.
Al regresar del descanso, todos se llevaron una desagradable sorpresa; la maestra enojadísima preguntó quién era el responsable de tan horrible travesura, pero nadie respondió. Fue entonces cuando les pidió a sus alumnos vaciar las mochilas sobre sus pupitres, así encontraría por lo menos una pista de quién lo había hecho. Sin pensarlo y con una enorme sonrisa, seguro de que él no había sido, Nico volteó su mochila, dejando caer unos libros, algunos lápices de colores, una resortera, unos chicles y… el bote de pintura.
La maestra no lo podía creer, ¿cómo era posible que un día antes de que saliera la lista, Nicolás hiciera algo como eso?...al ver las caras de todos los que se encontraban a su alrededor, bajó la mirada y… ¡ahí estaba!… un gran bote de pintura en aerosol burlándose de él. Nico fue reprendido y expulsado por el director; ya no había esperanza alguna de ir al museo, todo lo que había logrado hasta ese momento, se había ido a la basura junto con el misterioso bote de pintura.
Sintiéndose fatal, con sus ojitos llenos de lágrimas y arrastrando los pies, salió del colegio; en eso sintió una mano sobre su hombro, era José que le decía que no se preocupara, que él sí iría a la exposición y que ya después le contaría de ella. Nico estaba muy enojado como para escuchar las tonterías de José, así que se despidió de él y al darle la mano, notó que José era el verdadero culpable ya que tenía manchas de pintura entre los dedos y la palma de su mano.
En ese momento tenía ganas de golpearlo, de reclamarle por qué lo había metido en ese problema; de pronto levantó la cara y vio como su maestra se dirigía hacia su automóvil despidiéndose de los que se cruzaban en su camino; sin pensarlo corrió hacia ella, la tomó de la mano y entre dientes le dijo que observara las manos de José; entonces Nico abanicó sus brazos como despidiéndose de José y éste levantó la mano despidiéndose también. Al ver esto, la maestra inmediatamente llamó al chico para hacerle una visita de última hora al director.
Al día siguiente, Nicolás apareció en la lista y una semana después se encontraba en el autobús del colegio en camino a la exposición. Al llegar, una señorita se acercó a los niños para iniciar el recorrido; antes, les advirtió que quien se portara mal, hiciera travesuras o dañara alguna pintura sería eliminado del resto del recorrido pero, a Nico eso no le preocupaba; después de tantas cosas que había pasado para llegar hasta ahí, era seguro que a él, no lo sacarían.
En la exposición, Nicolás pudo observar los autorretratos de Frida Kahlo, entre ellos el que más llamó su atención fue el de “Diego en mi pensamiento”, en donde ella aparece con un vestido de tehuana y en la frente, justo en medio de sus cejas, está el retrato de su esposo Diego Rivera. ¡Claro que vio otras obras!; como por ejemplo: “el autorretrato con mono” pintado en 1940, “las dos Fridas” pintado en 1939 y “el abrazo de amor del universo, la tierra, yo, Diego y el señor Xólotl” pintado en 1949. En verdad quedó maravillado con todas las pinturas que había visto; aprendió de la vida de Frida Kahlo y sin querer también del pintor Diego Rivera.
Al llegar a su casa no dejaba de hablar contándole a sus papás todo lo que había en el museo y lo que le habían platicado acerca de la pintora y su esposo. Hablaba y hablaba con tanta emoción que sus papás no se atrevían a interrumpirlo; realmente estaban felices de ver tanta emoción en el rostro de su pequeño.
El lunes al regresar a clases, Nico no pudo más y antes del medio día, en el asiento de algún compañero ya había aparecido una tachuela, una rana en el cajón del escritorio de la maestra, una bomba inofensiva pero con muy mal olor; mil diabluras que llevaban el sello inconfundible del pequeñín. A la hora de salida, Nico se encontraba sentadito con sus piecitos colgando en el gran sillón de espera que se encontraba afuera de la oficina del director. No podía evitar sentirse feliz, así que sólo sonreía. El pequeño travieso ¡había regresado! y la verdad era que ¡lo habían extrañado!.
Escrito por: Yoali Alvarado
En el 97 me encontraba cursando el bachillerato, fue en esa etapa cuando escribí el cuento “Nicolás”, sin imaginar el camino que recorrería.
Nunca me ha gustado hablar en público, así que mi forma de expresarme siempre ha sido a través de la escritura.
Este cuento surgió como un trabajo escolar para la clase de literatura; sin embargo, mi profesora, sin decírmelo, decidió inscribirlo en un concurso, en el cual obtuvo el tercer lugar.
Años más tarde, un amigo que leyó el cuento me sugirió publicarlo en un periódico en donde ambos trabajábamos, dándole así una segunda vida.
Hoy, viviendo en Suiza, este texto vuelve a salir a la luz por tercera ocasión, encontrando nuevos lectores y recordándome que, a veces, las palabras que nacen en silencio pueden viajar más lejos de lo que uno imagina.
